
Acerca de
De pequeño, en el colegio, las injusticias o la pura crueldad solían pasar desapercibidas para los adultos; eran “cosas de niños”. No debían serlo mis cuentos y redacciones que, según mis profesores, tenían “demasiada” imaginación. Tanta como para citar a mi madre a tutorías.
Demasiada intensidad, demasiadas ideas, demasiado movimiento, demasiadas emociones, demasiado pensamiento propio, demasiada creatividad, demasiada sensibilidad, demasiada curiosidad y demasiados cuellos y botones de las batas escolares mordidos o retorcidos.
Rara vez se asocian estos atributos con talento, inteligencia o promesas de éxito. Rara vez se fomenta o se valora. Rara vez se entiende o se comprende.
Aprendí el camino considerado correcto y me empeñé en demostrar al mundo que podía ganarles en su propio terreno. Una infinidad de títulos académicos, una corbata y un carné de abogado fueron suficientes para camuflarme en sociedad. Engañé al mundo, pero nunca me convencí a mí mismo
Hay trajes de etiqueta tan ajustados que aprietan el alma como una camisa de fuerza.
Los cuentos de niño se convirtieron en poesías adolescentes, blogs de viajes de un joven fotógrafo aventurero, mil recetas de cocina de un adulto intentando sobrevivir, y lienzos y pinceles cuando peinaba canas como madurito interesante.
Lo cierto es que la creatividad siempre me ha acompañado en paralelo. Como los ordenados raíles de una vía férrea, cuya razón de ser les condena a no cruzarse nunca. Siempre ha estado ahí, en los márgenes de mi vida, como una línea discontinua de trepado que me permitiera arrancarla limpiamente si fuera necesario.
Aunque el Derecho es un divertido pasatiempo intelectual, lo cierto es que disfruto más manchando de pintura una bata blanca que revisando un contrato. Qué le voy a hacer si tengo visión caleidoscópica, pienso de manera simbólica, hablo en metáforas, y no entiendo la vida sin la sublimidad de la belleza.
Aunque nunca es tarde para ser artista, me siento más cómodo en la liminalidad. Demasiado burgués para los bohemios y demasiado bohemio para los burgueses.
El arte y la realidad no son más que el reflejo distorsionado de nuestra propia percepción. Por ello, solo el espectador, desde fuera, podrá juzgar si este taller creativo es una genialidad o una locura.
Se dice que tan solo las separa una delgada línea, pero la verdad, yo nunca la he visto.